viernes 10 de abril de 2009

Capítulo 2º.- El peso del deber



Los rescoldos se avivaron cuando un viento gélido penetró en el barracón. Hiruma Taro sintió el agudo puntapié del gunzo en el costado, despertando sobresaltado al tiempo que la figura enjuta del suboficial hacía lo mismo con el resto de sus camaradas.
Aún era noche cerrada. Tenía los huesos entumecidos por el dolor y el cansancio de la dura jornada anterior. En silencio, anudó su obi y ajustó el daisho con firmeza. Estudió por unos instantes la armadura. Faltaban varios remaches y la huella de una zarpa le recorría el peto desde el pecho al ombligo.
Un olor dulzón inundaba la estancia, síntoma de que la muerte había rondado a su antojo. Algunos cuerpos yacían inmóviles en los camastros y otros seguían gimiendo unas heridas que tardarían mucho en cicatrizar. Que extraño, -pensó de pronto. Fuera, en mitad del campamento, entre la desolación de aquellos que habían escapado con vida, observó el resplandor de varias teas encendidas y como una pequeña multitud se iba agrupando entorno a ellas. Fue entonces cuando se apresuró en recoger los pocos pertrechos que tenía. Visiblemente preocupado, salió al exterior ocupando un sitio entre las filas del destacamento. Nadie había hecho guardia y todos temían el severo castigo de los mandos. Delante había tres shugenjas de la familia Kuni cuyos rostros se encontraban ocultos en la penumbra. Un oficial taisha vestía una gran armadura pesada. Taro pudo observar los emblemas Hida y numeros trofeos colgando del arnés. Portaba un gigantesco tetsubo donde descansaba dos poderosas manos llenas de suturas y un mostacho prominente le otorgaba un aire marical descuidado pero aguerrido. 
En la distancia, las piedras incendiarias iluminaron el cielo al azar, trazando arcos anaranjados que se perdían más allá de la Muralla. El Cangrejo resistía.
Cuando la formación terminó de cerrar, todos callaron. El más pequeño de entre los magos dio un paso al frente. Sólo se oía el metal contra el metal y los crespones ondeando al viento.
-¡Hermanos! –dijo descubriéndose, estoy aquí en nombre del Sagrado Consejo de los Kuni. No en vano, –añadió el anciano con voz quebrada. Se acerca un momento decisivo, por ello quiero contaros de primera mano cual es la situación.
Algunos se miraron entre sí y un murmullo generalizado recorrió las filas.
-¡Silencio palurdos! –tronó el taisha.
El brazo tembloroso del anciano hizo ademán al oficial quien asintiendo lanzó un tremendo escupitajo al suelo. La disciplina volvió de nuevo al batallón aguardando las palabras del shugenja.
-Se que ayer alguno de vosotros en el combate, fuisteis conscientes de la amplitud del ataque. La furia descontrolada de esas criaturas y el número en el que fueron convocadas no pasó desapercibido por nadie. Tampoco para nosotros. Haced caso a vuestros peores temores –dijo señalando el horizonte-, pues aquello es la causa de nuestros males.
Incluso al amparo de la noche y la distancia, el oscuro vórtice se adivinaba por un resplandor fatuo emitido por los rayos de una tormenta. Entonces Taro reconoció a Akazome entre los shugenjas presentes, con la vista gacha en el fango. Una mezcla de melancolía y determinación parecía alimentar una nebulosa de pensamientos.
-Pero las Fortunas se han revelado -continuó. Tiempo ha en el correr de los siglos, cuando la familia Kuni logró arrancar de raíz el primigenio mal en sus dominios y no menos ominosa fue la pérdida de la fortaleza Hiruma. Desde entonces, al igual que ayer, no luchamos para ser recordados. Por desgracia, ése es nuestro destino, sino para mayor gloria de Amaterasu y del imperio.
Hizo una pausa y se detuvo a observar los pocos voluntarios rezagados en aquel amasijo de soldados. Taro percibió la falta de convicción del hechicero, no por ausencia de valor ni por desconfianza en la tropa. Una mueca de asco e incredulidad había embadurnado el discurso, necesario para mantener las formas pese a todo. Esa mezcla de fatalidad pronto se tornó en un presentimiento aciago.
-No es momento de lamentaciones. No importa si estáis aquí obligados o para purgar conductas que incluso mi hermano Hida consideraría deplorables. Comprended que son ahora vuestras espadas las elegidas para este día y que no habrá ningún señor sino los dioses, quienes admiren la entereza de su desgastado filo.
El sacerdote no tardó en reparar en los distintivos de la tropa que un día antes había luchado con bravura en la cima de la Muralla. Recordó cuántos habían dejado la vida a lo largo de generaciones, soportando una penitencia dictada por la enorme exigencia de una moral que ante la imprudencia se volvía cruel. Cortesanos caídos en desgracia, guerreros, asesinos, gente de la peor calaña cuya única oportunidad, era ver un nuevo amanecer a este lado del imperio.
Entre los veteranos, el duelo por los caídos se tornaba cauto, parco en palabras, solo propagado en los cortos periodos de descanso, como un susurro incesante, un discreto clamor pidiendo protección a los antepasados, tal vez en forma de oración a las Fortunas. La plegaria de una redención como último consuelo, aún cuando el miedo perenne a caer en manos del enemigo era constante.
- A diez millas de aquí hacia el norte, se ha improvisado una empalizada con los pocos supervivientes que la “mancha” ha dejado indemnes. La visión hermanos –continuó con gesto grave-, es desoladora. Los pobres desgraciados de ahí fuera ignoran que son cadáveres en vida. Debéis limpiar el erial –continuó sombrío dejando masticar el comentario-, y dejarlo tan yermo como antes.
Una mueca de plausible impaciencia hizo torcer la boca del coloso Hida. Taro era consciente que no se habría andado con remilgos. Todos se quedaron absortos. Nos mandan hacer el trabajo sucio, sin importar de dónde somos –adivinó la hechicera al reconocer al joven explorador Hiruma-. Rugirá las órdenes sin esperar nada excepto una obediencia ciega.
De todas formas, no existía otra opción. No en la Muralla.
-Debéis acabar con toda criatura que halléis en vuestro camino, –sentenció de pronto-, con vida o sin ella, si es de este mundo o del otro. Para ello tendréis la ayuda de una alumna aventajada. Muchos la visteis ayer. Su nombre es Kuni Akazome.
Era imponente. Como una huella indeleble, los rasgos de la familia Hida habían esculpido una figura carente de feminidad. Un matiz apocado, en la expresión de unas facciones poco agraciadas, la hacían frágil a la vista de los demás. Aún así, había combatido con ellos, causando una impresión similar a la de un talismán. Una especie de falsa seguridad, más propia de la sugestión, de la confianza que suscita un poder incomprensible para el resto e igualmente mortal.
Un martillo de guerra pendía atado a la espalda. En el duro metal, las incrustaciones de jade emitían un verdor espectral y vetas de negra obsidiana, brotaban como trofeos de las láminas aceradas de la armadura. Alzó el brazo para señalar un pupitre. De la cintura asomó un carcaj cerrado con tosca taracea Kuni.
-¡Basta de cháchara!, –exclamó el oficial-. Tenéis suficiente jade para saciar el apetito de cualquier demonio.
***
En el grupo de soldados, algunos secundaron la ironía con una forzada sonrisa, otros apretaron los dientes para contener las lágrimas, pero todos sin excepción, quizás fustigados por un miedo peor que el oni recién despertado, respondieron al auxilio del clan, ahogando la rebosante pena en confidentes gestos de camaradería, prietas las filas de una comitiva desarrapada, que dirigía los pasos hacia una horrenda muerte con admirable integridad.

viernes 25 de julio de 2008

Capítulo 1º.- La Muralla


Mientras esto sucedía, una tormenta eléctrica se batía en los cielos del Cangrejo. En el Kyuden Hida, los guardias miraban recelosos los rayos procedentes de la oscura inmensidad de las Tierras Sombrías. Aquella noche imperecedera anunciaba malos presagios y los jefes de pelotón, se afanaban en mantener alta la moral de los hombres. Las patrullas eran constantes a lo largo del paramento rocoso y en cada trecho, las atalayas se erguían mudas, ofreciendo un pequeño refugio a los soldados. Algunos oteaban el horizonte en busca de cualquier indicio hostil, pero solo reinaba el silencio. Incluso el dios de los truenos, el reverenciado Osano-Wo, tronaba temeroso en la lejanía.


En uno de los tramos, los musculosos brazos de una mujer descansaban sobre un ono[1]. Con un pie apoyado en la almena, miraba ausente la piedra desgastada por el paso de los siglos y los diminutos surcos que la erosión, había provocado en ella. Era una más entre el contingente Kuni destinado en la Muralla; la Muralla Kaiu como la llamaban con respeto sus instructores.

Había sido una alumna con ciertas dotes, de eso no tardó en darse cuenta a una edad temprana. El don, la capacidad para dominar los elementos, se manifestó por primera vez en la pubertad, cuando entre las muchas criaturas enjauladas en los lúgubres fosos del castillo, logró amilanar el atroz temperamento de un ogro. Apenas recordaba nada, salvo un agudo dolor en el vientre y el goteo de su primera menstruación recorriendo la pierna.

Educada bajo la estricta disciplina de la guerra, era testigo de los continuos asedios dirigidos por las huestes del Oscuro. Aquí si se cumplía la metáfora de los pétalos de cerezo al caer con cada soplo; hombres al fin y al cabo, entregados en cuerpo y alma a una causa común y, sin embargo, olvidados para el resto. Ese mismo silencio que ahora se respiraba, ese sosiego antes de la batalla no era el miedo, ni el temor a flaquear en la lucha; se debía al peso de la aceptación, del irremediable destino que suponía servir. Ellos eran la Montaña, la Virtud en su conjunto pura y discreta, pero visible. Y aquella prudencia sin debilidad los hacía grandes.

Por las venas de Kuni Akazome corría la estirpe de Kisada-sama. Era sucesor de la más alta dignidad imperial, al que fue encomendado mantener libre de toda corrupción las demás virtudes, aquellas que sostenían el orden celestial representado por Hantei. De enormes proporciones, no poseía la belleza de Akemi ni la comprensión de Kambei, ni siquiera la astucia de Hoshi. Manejaba el martillo con la diestra de manera formidable y lejos de entender los entresijos de la magia, era capaz de focalizar a través del pergamino, la palabra, suficiente para despertar las fuerzas de la tierra, o doblegar la voluntad de un guerrero con tan sólo mirarle, al igual que hizo con el ogro.

-¿Te has enterado?, -dijo un voluntario mientras limpiaba la mugre de las uñas con una flecha. El Consejo Kuni se ha reunido esta noche. Las cosas al noroeste se han puesto feas y en el barracón todos hablan de lo mismo.

-Parece que esta vez nos han pegado duro, -contestó otro-. No entiendo como han podido derrumbar esa parte de la Muralla.

-Es increíble sí, y lo que entre por ahí habrá que pararlo de alguna manera. Si cruzan los yermos Kuni todo se irá a la mierda. ¡Eh! Pásame eso.

Un odre forrado en piel pasó de manos. El olor rancio de la bebida se propagó entre los demás que se acercaron para participar y de camino poner el oído.

-Mi sección parte hacia el norte mañana pero nadie sabe adonde nos dirigimos exactamente, -respondió un joven Hiruma-.

-Eso… es imposible, -todos callaron cuando habló la imponente shugenja-. Ninguna criatura del Oscuro ha logrado abrir una sola grieta en mil años de historia.

Aunque las pérdidas eran cuantiosas, jamás una embestida de las hordas del Oscuro había logrado resquebrajar la roca desde la Batalla de la Cresta de la Ola[2]. En efecto, las incursiones de las tropas cangrejo al interior de las Tierras Sombrías, siempre habían desembocado si no en una terrible derrota, sí en una amarga victoria. Pero no había movimiento innecesario. Algunos trechos incluso parecían más recios y las lenguas aludían a veces a antiguos hechizos; conjuros capaces de recomponer un fragmento resquebrajado o de rechazar la magia oscura, sin consecuencias aparentes para los defensores.

La familia Kaiu aportaba también prodigiosos conocimientos de ingeniería y estudiaba las técnicas de asedio de sus adversarios, para hacer de la Muralla un bastión indeleble. La actividad bullía incluso en el interior, donde grandes pasillos lo atravesaban en circuito, comunicando las fortalezas entre sí. Allí se planificaban todas las acciones contra el enemigo.

A través de un laberinto letal que recorría las profundidades de la pétrea barrera, los múltiples informes sobre los choques y escaramuzas que frecuentemente se daban, eran remitidos a los puestos de mando, quienes establecían la estrategia a seguir en todo momento. Del mismo modo, los ingenieros Kaiu dirigían las cuadrillas de trabajadores, heimin en su mayoría, en aquellas secciones que necesitaban reparación, sustituyendo la piedra más desgastada o añadiendo refuerzos en los contrafuertes.

El Cangrejo había hecho de la Muralla un modelo de vida. Uno de los ejércitos más poderosos y descentralizados del Imperio Esmeralda, coordinado a lo largo de una fortificación que cruzaba el territorio desde el océano a las Montañas del Crepúsculo, donde ahora, aquel demonio había cobrado vida y se abatía contra los hijos de Amaterasu.

-De todas formas, -rió el voluntario mientras los demás escuchaban-, han llegado a rebasarla, no es la primera vez que eso ocurre.

-Silencio, silencio –dijo el joven explorador Hiruma levantando una mano y torciendo el gesto preocupado.

Entonces todo sucedió muy rápido. Akazome empuñó el martillo girando sobre sí misma, comprendiendo tarde que aquel despiste imperdonable, sólo adivinado por el gesto del muchacho, iba a ser mortal. En el juego de luces y sombras, un latigazo sacudió al guerrero, empujado por un descomunal aguijón que atravesó su tronco y lo izó hacia el cielo entre gritos, agarrando el monstruoso apéndice mientras luchaba en vano por su inútil vida.

Una criatura del tamaño de dos hombres, había trepado el muro al amparo de la oscuridad. En los torreones, los vigías alertaron a los cuadros de mando acampados en el interior, moviendo las teas de un lado a otro.

El miedo paralizó a los compañeros. El ser, de múltiples ojos negros y de afiladas garras, se deshizo de aquel hombre sin vida, sacudido como una marioneta al antojo del macabro vaivén de la cola. Llegó a Akazome el fétido olor de un aliento putrefacto y el grito desgarrador que dejaba ver unas fauces con dientes aserrados, retándola en un desafío inhumano. Parecía entender que era ella la siguiente amenaza y aprovechando la sorpresa, intentó una dentellada mortal hacia el torso de la formidable Kuni.

El joven muchacho Hiruma clavó la lanza en la garganta de la bestia, a lo que respondieron los demás arremetiendo con las armas, contagiados por el valor del explorador. Pero el engendro, lejos de lamentarse, agarraba la piedra con una fuerza demoledora, porfiando y aullando contra el ímpetu de los guerreros, cuya intención era la de dar margen a la veterana. Izó el “ono” por encima de su cabeza, justo cuando la criatura casi había logrado penetrar el pasillo defensivo. Un repugnante crujido le estalló en el rostro, al tiempo que el mandoble atronador del martillo de guerra le hacía impacto en la testa, derribándolo desde la altura.

Y en ese preciso instante, el cielo se tiñó de la ambarina luz de un mar de flechas incendiarias, elevándose en el aire como una ola e iluminando al ejército enemigo a medida que la cresta decrecía. Fue entonces cuando todos vieron con precisión la magnitud de aquel ataque.

Una hueste de criaturas, sacada de la peor inmundicia de las Tierras Sombrías, caía azotada por el aluvión de aquellas saetas arrojadas desde el terrón en el que Amaterasu, aún no había sido doblegada. Pero no iba a resultar tan fácil. El mal no concibe la proporcionalidad numérica en aquellos contra quienes mueven sus aberraciones. Empujados por la esencia del Señor Oscuro, el ansia los devoraba por dentro, ajenos a cualquier resquicio de miedo. Él, tan sólo se limita a contemplar el espectáculo.

Por ello, aunque las bajas en el temible adversario eran cuantiosas, el enjambre proseguía la escalada mientras los hombres se distribuían, alentados bajo las órdenes de los “gunzo”, en perfecta formación a lo largo de las almenas.

Uno de los guardias caía empalado por el hierro de un venablo. Desde lo alto de la atalaya que había dado la voz de alarma, Akazome distinguió una figura encapada en negro, sin molestarse en ocultar su presencia. De movimientos ágiles, había conseguido trepar hasta arriba y parecía no haber tenido dificultades para eliminar al vigía. Alertada y a trompicones, aligeró los pasos buscando hueco entre los camaradas atrapados en el fragor de la lucha.

Les rodeaban cuerpos ensangrentados, facciones de dolor y espanto en los ojos de cadáveres pisoteados. Sin embargo, ese miedo tan profundo se convertía en un arma formidable. Codo con codo, los hombres afanaban esfuerzos a sabiendas del terrible destino que producía la mancha, no solo en la carne sino también en el alma. Nadie en el peor de los casos, quería que su espíritu fuera arrebatado por el Oscuro. Morir manchado suponía servirle para la eternidad, sin posibilidad de una reencarnación, sin la más mínima oportunidad de una trascendencia futura.

Aquel enemigo, retorcía manos y dedos en una consecución de movimientos que no podían entenderse de otra manera sino a través de una profunda impiedad y una depravada blasfemia. Akazome conocía los hechizos con los que el Maligno dotaba a sus criaturas más allegadas, y pronto, entre sacudidas y empellones, pudo oír el susurro de la lengua prohibida.

Sonaba como el torrente de un río al desbordarse, como múltiples voces guturales hablando al mismo tiempo sin una pauta lógica, un perverso caos que al hacerse realidad, hería la mente y abría las puertas del alma hacía un desconocido que estudiaba los entresijos más íntimos del ser.

Un fino y agudo dolor hirió los tímpanos del muchacho Hiruma, cerrando los ojos en un evidente gesto de negación. Miró a la shugenja de manera cómplice y agarró la escala mientras ella comenzó a subir decidida. El cielo encapotado se ceñía negro en lo alto, mientras una fina lluvia le tiznaba el rostro de un líquido viscoso y sucio. Recitaba la plegaria de las llamas de Amaterasu, un conjuro letal temido por brujos y demonios.

La figura seguía musitando aquellos extraños versos, una terrible letanía de invocación que abjuraba de los dioses y la creación desde que el tiempo fue nombrado. Akazome pudo comprobar que un hilo de sangre fluía de sus propios lóbulos ensortijados en jade. Los pendientes emitían un leve destello verdoso, avisando a cada paso del peligro, intentando concentrar el poder que antaño los maestros le habían transmitido.

Sin dudar, asomando por un resquicio de la atalaya, admiró la enorme efigie del brujo, de una siniestra apariencia humana. Ataviado con una toga de símbolos arcanos, un aura oscura le envolvía. Abajo las bestias asaltaban la muralla con mayor ímpetu, poseídas de una fiereza que les hacía competir entre ellas por llegar arriba, extasiados por la sed de sangre y el delirio del combate.

Una nueva oleada de flechas fue descargada contra los asaltantes, pero aquella espectacular masa irracional no menguaba en número. Era inútil mirar al horizonte, buscar aliento en la lenta pero eficaz derrota del enemigo, pues esa inquietud, contagiaba la moral y solo servía al capricho del Oscuro.

La sola presencia de Akazome hizo emitir un gemido al hechicero. Era un acto reflejo a tanta impureza acumulada. Trastabilló, agarrando la fría piedra. Los ojos de Akazome se tornaron blancos, irisados por un fulgor rebosante de energía. Ausente, ella no hizo nada, tan solo lo observaba. Una vez completado el éxtasis, el brujo pudo comprobar las dotes de Akazome.

Un kanji se hizo visible en los labios de la joven, inmóvil, sustentado por descargas cuya cadencia obedecía al recitar constante y al foco de una pavorosa y nívea mirada. La palabra se había hecho forma. La luz manaba como el agua y el agua era llama sagrada.

Con todo, el brujo sonrió en una mezcla de desprecio y admiración. Lejos de amilanarse, se despojó de las vestiduras, abriendo las venas del cuerpo enclenque y pustuloso mediante un cuchillo ritual. El dolor le hacía temblar y la sangre brotó a borbotones de brazos y pecho sajados. Ya no se oían demonios, ni impúdicas exclamaciones, sino la súplica de un fanático hacia el dios de los infiernos.

Al cabo, bajó la mirada satisfecho. El obsceno recital había surtido efecto y en los negros ojos sin fondo, el abismo había respondido. Esta vez, una ronca carcajada procedente de algún lugar de las Tierras Sombrías, la hizo estremecer por momentos. La luz menguó pero seguía viva y ahora ardía en la carne del enemigo. En la Muralla, decenas de soldados caían inertes víctimas de la locura, porque el aire electrizado traía consigo el idioma del olvido y la aniquilación.

El joven Hiruma imploraba por Akazome, jamás había visto nada igual. Las tropas al otro lado se encontraban inmersas en un silencio espectral, enajenados ante lo que parecía inevitable. Cerraba filas acuchillando, empujando, intentando concentrar todos los sentidos contra un enemigo muy superior en número. Anhelaba ser un veterano y pese a no tener el físico que la naturaleza había otorgado a sus hermanos, sabía a ciencia cierta que aquella tempestad iba a marcarle la vida para siempre.

-¡Mira una vez para ver lo bello!, -gritó el brujo en la agonía del abrasador tormento-, ¡hazlo dos veces para ver lo justo!

Entonces afloró en el joven explorador una extraña sensación. Por momentos, sintió la compañía de alguien familiar, dirigiendo los golpes al contrario con una precisión magistral. No era dueño de sí, aunque la razón le decía que no temiera. Veía y la visión se perdía en el tramo donde cientos de camaradas entregaban la vida para retener el asalto. Escuchaba y su oído iba más allá de gritos y alaridos. Los antepasados le acompañaban en esta ocasión.

El metálico sonido de una espada al desenfundar. Akazome, enhiesta y demacrada, medía al enemigo en lo alto. Las hordas de Fu-Leng se batían en retirada, serpenteando las colinas próximas a la Muralla. Luego, aún fuera de sí, encerrada en aquella prolongada ausencia, sondeó el corazón de los guerreros y éstos, saborearon amargamente el desenlace. El viento detuvo el soplo y los rayos cesaron. Victoria, alguien se atrevió a susurrar. Pero cundió el silencio.

El recuerdo quedó impreso en el explorador como un fresco recién pintado. Abotargado por el cansancio, volvió la vista hacia el ocaso. Un vórtice de oscuridad giraba sobre sí en las montañas. Engullía roca y materia, nada parecía que hubiera perturbado a la entidad. Una espada, le decía una voz interior. Se giró confundido. El ejército en perfecta formación mantenía las posiciones ante la eventual grieta en los defensores. Dos comandantes cangrejos señalando de lejos la Muralla, daban las últimas instrucciones a los abanderados. Y un adusto samurai del clan León, desenfundaba ahora una elaborada espada.

Dioses, -pensó.

Respondieron.

Mira una vez para ver lo bello… hazlo dos veces para ver lo justo.

[1] Ono, martillo de guerra.
[2] Batalla de la Cresta de la Ola, durante el mandato de Su Divinidad Hantei II “Genji”, las tropas del Emperador se enfrentaron una vez más a las vastas legiones de Fu-Leng, cuya victoria se debió en gran medida a los Maestros Isawa del clan Fénix, padres de la hechicería en el Imperio Esmeralda.

En algún lugar cerca de las Montañas del Crepúsculo


Cuentan las crónicas que en el año 1134 de Su Divinidad Hantei XXXVIII, el fúlgido resplandor de una luz cegadora, iluminó los cielos del Cangrejo durante un momento eterno. Una silueta sinuosa ascendió, caótica y vaporosa cuyo vórtice nacía en las entrañas mismas de la roca, osando amenazar la presencia de Amaterasu, la diosa sol.

Con un estruendo desgarrador que deshizo la tierra en abismos de lava, ni siquiera La Muralla pudo contener la fuerza de aquel clamor y el cielo herido, lloró con lágrimas negras, contaminadas por una esencia maligna que extendió un manto oscuro como jamás se vio en la historia. Todo alrededor fue devastado en la fría cordillera occidental, erradicado de la existencia a medida que una ola de destrucción avanzaba a través de los yermos territorios bajo dominio del “Gran Oso”.

Los desdichados supervivientes de aquel desastre llegaron con noticias horribles, mientras una barricada improvisada a lo largo de varias millas hacia el norte, contenía a la desesperada un aluvión de refugiados. Varias banderas de combate destinadas en aquella zona, jamás volvieron para contar lo ocurrido.

Unos veinte mil hombres, entre veteranos Hida, exploradores Hiruma e ingenieros Kaiu[1], sin contar los regimientos de voluntarios reclutados por todo el imperio, perecieron sin saber qué era esa nueva amenaza. Y lo peor vino con los rezagados, cuando las quemaduras convirtieron las llagas en pústulas y la “mancha”, el estigma de Fu-Leng, transformó a aquellos hombres en bestias inmundas, sumidos en el delirio de la locura más aberrante y ajenos a cualquier indicio de humanidad.

El Sagrado Consejo de los Kuni debatió largamente lo ocurrido, siendo muchas las protestas y poco los acuerdos alcanzados entre ellos. Nadie tenía explicación para tan infausto signo. Sólo una voz se alzó entre los presentes, cuando uno de los más respetados taumaturgos de todo el imperio, se levantó desde el estrado. Los huesos rodaron sobre la mesa y el silencio se hizo en la sala cuando un nombre fue pronunciado. Las antorchas crepitaban en la estancia, haciendo si cabe más siniestro el ambiente.

-¡Hermanos!, -dijo Kuni Yori con ojos desorbitados en los fetiches esparcidos en la madera-, un líder entre los oni[2] ha despertado. Aquel que otrora fuera derrotado en las Montañas del Crepúsculo por los Siete Truenos, se eleva ahora como un torbellino de aniquilación a la espera de ser llamado por el Inefable Señor de la Oscuridad. El Jiu Jin Kai, -una ráfaga de viento frío entró en la cámara y uno de los guardias cayó en redondo echando espumarajos por la boca-, reta una vez más al imperio.

-¡Lleváoslo!, –gritó estupefacto el más joven cuando notó vibrar su pendiente de jade[3]-. ¡Está poseído!

El fornido samurai sin pensarlo decapitó asqueado al compañero de un tajo. Las voces de los hechiceros protestaron, nadie daba crédito a lo que estaba pasando. El revuelo fue roto una vez más por el maestro, quien susurraba unos mantras que reverberaron desde la cúpula, convirtiendo al instante la sangre esparcida en agua.
El poder, la gracia concedida por los kamis, aún actuaba en ellos. Todavía se podía hacer algo y tenían esa noche para decidir la forma en que debían afrontar aquello. Volvieron a los asientos de fría piedra y tras elevar juntos una plegaria continuó el debate.

-Si es cierto lo que decís Yori-sama, las profecías se están cumpliendo, -dijo un anciano shugenja-. Otosan Uchi debe ser informado de esto.

-¿Y despertar el recelo de los demás clanes?, –dijo el joven Kogaratsu que aún permanecía en pie-. Eso podría crear una imagen de debilidad. Nada más lejos, ni siquiera contamos con la aprobación de Kisada-sama.

-Tenemos que combatir la amenaza, incluso movilizar un ejército si hiciera falta, -respondió otro de tez macilenta-. Si esto último fallara, entonces estoy de acuerdo contigo.

El murmullo se propagó en el consejo, el pesimismo era generalizado.

-La Muralla sigue enhiesta. No avergoncemos a nuestros ancestros, -dijo el portavoz-.

-Nadie con el juicio sano ha llegado hasta nuestra empalizada Yori-sama. La mayoría de los refugiados están enfermos o la mancha los ha absorbido hasta la médula. Esos pobres desgraciados están ya condenados.

El anciano hacía mención a los preparativos para una incursión en la zona. Al frente iba el primogénito del “Gran Oso”, Hida Yakamo, un guerrero de extremo y conocido arrojo en todo el imperio y adversario de la Señora Matsu tres años más tarde. Y una cosa era clara, no habría un atisbo de piedad para los refugiados.
El vasto poder desatado por el Jiu Jin Kai contaminaba los cadáveres, que de manera insólita, volvían a la vida y atacaban a los supervivientes bajo el frenesí de la demencia. Los rumores se propagaban rápido por La Muralla. Ahora todos esperaban la decisión del Consejo. Aunque Yakamo ya hubiera decidido por ellos.

-Si nuestras tropas abren paso por el corredor que conduce al valle, -dijo Yori desplegando un mapa-, debemos bordear los yermos Kuni y entablar combate con la criatura. Creo que ya tengo un voluntario para volver a ese infierno.

-¿Para volver?, –repitió Kuni Kogaratsu, quien sorprendido miró al compañero-.

-Sí muchacho, -sonrió-, y está condenadamente limpio.

[1] Kaiu, familia principal del clan Cangrejo, los constructores de la Muralla.
[2] Oni, en la mitología japonesa, demonio.
[3] Jade, mineral cuyas propiedades otorgan al hechicero protección contra los demonios.

Miya Takayoshi. Palacio Imperial de Otosan Uchi.


Paseando por los jardines de palacio una figura camina imperturbable sumido en un nudo de pensamientos sin rumbo, aún cuando tuvieran un nombre. Un rostro ajeno de preocupaciones mantenía la mirada al frente. En aquel paseo, lo único agradable a los sentidos era el perfume de los crisantemos, siguiéndole en soledad junto al hastío producido por la gestión de los asuntos de estado. En ese momento, la belleza del paraje luchó por abrirse paso en un cúmulo de sentimientos, la mayoría sumidos en el aborrecimiento y casi odio emanado del exceso de atenciones.

“Claro está –pensaba-, que siendo la política una ocupación tan mediocre, comprueba habidas cuentas la majestuosidad del arte de la persuasión, a veces tan poderosa como el más carismático Damiyo. En ocasiones, con un discurso convincente en oídos de una mente frágil y un alma atormentada por el miedo, se inician guerras, se acrecienta la gloria de alguien realmente despreciable, mientras otros hacen caer desde las alturas, el aura de espíritus ciertamente ungidos”.

“Es curioso –observaba-, como cada uno de los clanes acicalan las palabras en tonos rosados para servir mejor a un interés común, aún cuando el filo de un puñal asome en la lengua de sus representantes. Pobres estúpidos, ni siquiera tienen luces suficientes para percibir un mínimo de sentido en todo esto. Preservar el buen nombre del Emperador en una eternidad inicua llamada armonía, mientras nosotros, partícipes de este absurdo teatro, nos congratulamos y divertimos escribiendo el guión de la paz, la guerra, sus héroes y sus caídos.

“El honor, tan fácilmente mancillado, busca un hueco en la facilidad del acero. Un paso en falso supone caer en desgracia. Sonrió ante el hecho de la insignificancia revelándose a la maestría. Era imposible de que ésta, fuera capaz de vislumbrar un atisbo de competencia. Por lo tanto, -concluía, era cierto que las Fortunas favorecían de forma caprichosa, susurrando en última instancia el golpe letal de quienes más tarde pasaban a la posteridad. He aquí el equilibrio –sonrió-.El desprecio de un inepto es impuesto por la espada, incluso cuando las palabras le son propicias. ¡Hasta el inepto tiene visos de orgullo¡ Qué ironía”.

“Desgraciadamente –suspiró-, la verdad de algunos es tan elevada que la simpleza no es capaz de alcanzar. Ah, cuánta mezquindad…”
Embotado en una vanidad extremadamente dulce, pero al mismo tiempo tan venenosa, iba acompañando sus pasos el sonido de la seda, en su toga ceremonial. Un atrio se abría frente a él y en el centro, un hermoso estanque, donde su Divinidad Resplandeciente se congratulaba a veces observando el movimiento de los peces. Allí hizo un alto y tomó asiento en un mármol verde azulado y bien dispuesto. Introdujo las manos en las anchas mangas del kimono y extrajo una carta sellada, de exquisita manufactura, por la que su asistente había tomado un interés especial.
El despacho, de caligrafía impecable, estaba escrito por el último de los Yoshikawa y aunque insolente por el destinatario a quien iba dirigido, acordó tomarla en consideración. Por desconocimiento lógico, no era capaz de suponer que quien iba a recibirla, tenía un carácter agrio y no menos irascible cuando era molestada con asuntos a su juicio superficiales, y más, cuando un versado aunque minúsculo grulla, era quien se dirigía a la favorita de Togashi.

Misticismo y sensaciones mundanas cabían en ella y sin embargo, era perfecta.

Pero las muestras interiores de sarcasmo dejaron paso a un interés profundo. La gravedad de la acusación formulada no era para menos. Aquel diplomático se había jugado la vida buscando referencias sobre una sospecha latente. Un trabajo de investigación que había dado sus frutos.

Era de suponer que aquella osadía no se mantendría sin obtener una compensación honorable. El cargo del señor Togashi Harada, Sengoku de los territorios Dragón en el valle del Ojo de Amaterasu, era muy elevado. Y el delito de pertenecer a esa clandestina e inquietante organización llamada Kolat, resultaba insultante para cualquier familia.

Desde tiempos inmemoriales, las pretensiones de esta sociedad sumida en el secretismo más absoluto, no pudieron ser sino ideadas por una mente irracional. Su principal objetivo era la instauración de un nuevo orden celestial. Ideas cargadas de aspiraciones contraculturales y absurdas que rozaban la locura hasta el punto de resultar extremadamente ridículas.

“¿Así es cómo los plebeyos interfieren en el juego apostando por un número difícil de obtener? Y más interesante, ¿podía resultarle atractivo incluso a un Sengôku?” –pensó.

“Resulta admirable -se dijo-, como este caballero de noble y probada ascendencia, rival de Harada, ató los hilos a favor de un señor cuyo afamada beligerancia le precede allende los mares. No erraban los rumores. La ambición de Noroda Akira no conoce límites. Incluso me atrevería a decir que su forma de hacer política es, si cabe, muy poco ortodoxa. Si aquella declaración escrita resulta cierta, su sacrificio no habrá sido en vano. Curiosa manera de hacer brillar la lealtad a riesgo de hundir su reputación en la ignominia”.

Todo hasta aquí parecía obvio, al fin y al cabo, ¿no era eso servir? Pero Yoshikawa no pensó en un hecho de consideración. A sabiendas de su poca instrucción en los mandatos imperiales, un cúmulo de indicios no basta para formular una acusación. Ante un tribunal, pesa más la categoría social del reo. Es su sangre y ascendencia los que se convierten en protagonistas principales del plebiscito.

“Entonces, ¿cual serían las virtudes de ese Damiyo para que un hombre de probadas cualidades fuera capaz de arriesgarlo todo y de esa manera por él? ¿Hasta dónde había llegado la deshonra en Harada para cometer un delito de lesa majestad? ¿Lealtad, deuda o ambas cosas?”.

Así se encontraba Miya Takayoshi, miembro de la familia imperial en calidad de Magistrado, cuando una de las sirvientas se acercó con aire confiado interrumpiendo su meditación. Era su dama de compañía. Venía a recordarle la entrevista que esa misma mañana debía atender bajo la rutina de la corte. Sin embargo, esta era diferente. Fue él quien la había convocado, auspiciado por su avispado asistente. Un cálido aliento se acercó al oído rozando sensualidad sin ánimo inocente, mientras Takayoshi miraba distraído el reflejo de Amaterasu, en las cristalinas aguas bendecidas sin duda por los kamis.

Lady Gracia Hosokawa era una muchacha de tierna edad, hija de un noble samurai unicornio a quien conoció en uno de sus viajes hacia aquellas tierras. El padre pronto advirtió la naturaleza despierta de la joven, aún cuando fuera la menor de toda su descendencia. Observando el agrado que producía en el letrado, insinuó a éste la posibilidad de incrementar su formación en Otosan Uchi. Su nombre original era Tamako y había estudiado junto con los monjes de la Hermandad de Shinsei durante diez años. Atemperaba unas facciones frías con cierta dulzura difícil de explicar, apaciguando el espíritu del noble Miya, a quien agradaba mantener con ella conversaciones extensas. Muchas, incluso hasta altas horas de la madrugada.

Y cierro aquí mi comentario pues no es menos cierto que cuando descansan las espadas, la intimidad es asunto de cortesanos.

_ “Igual que el lecho de un río, -dijo suavemente derramando las palabras- el corazón nunca se llena. Es un indescriptible cuya entrada es la fuente del mundo”.

Cerró los parpados ocultando el pliego en el kimono, dejando entrever un respiro lento y profundo, algo desbocado, no por temor a que alguien desconocido pudiera leer el contenido. Su confianza en Tamako era plena. Era más bien para evitar cualquier signo de perturbación. Un gratificante escalofrío había recorrido su cuerpo, cortando la calma como solo ella sabía hacer.

_”Ved querida, -volvió el rostro para contemplar unos ojos como zafiros-, que sólo en momentos como éste, puedo ordenar mis pensamientos y aún así debo estar alerta”.

Takayoshi había observado cierta expresión de tristeza. Pero aquella respuesta sirvió para infundir en la joven un nuevo estado de ánimo. Había comprobado que el motivo del comportamiento de su señor, no eran otros salvo aquellos a los que se debe como samurai. Había actuado de forma demasiado evidente y esa muestra de sinceridad obtuvo su recompensa.

_"Tamako, ni siquiera las inexpugnables murallas que ves son capaces de ocultar el verdadero rostro del enemigo. La naturaleza del mal es capaz de reflejarse como la luz en las aguas claras. Es tarea difícil separar a quienes verdaderamente mantienen una conducta intachable, de aquellos que prefieren apartar la vista del camino marcado. Puede ser un interés superior o quizás un hecho susceptible, pero ambos marcan excesos de orgullo que deben ser a tiempo corregidos”.

_”Graves palabras son esas mi señor, -dijo mientras ocultaba su rostro en un abanico de artesanía indudablemente grulla-.mas mi maestro, Nabeshima sama, decía que la vía está en el corazón de un soplo en donde la perversidad no encuentra sitio”.

Asintiendo, el magistrado complacido dijo:

_”Sin embargo, la pureza no se obtiene sin esfuerzo, pues nadie puede comprender esta evidencia a simple vista”.

El calor apretaba y pronto encaminaron sus pasos hacía una sala de recepciones, preparada a tal efecto por uno de los secretarios del Ministro de Ceremonias. Atrás quedaba el cortejo dulce y fingido de una pareja consciente de poseer un destino dictado por los caprichos del Hijo del Sol. Gente ilustre paseaba igualmente por aquel vergel e incluso llegaron las risas de niños jugando. Él mismo pudo distinguir la voz del Príncipe Resplandeciente.

La entrada y la salida al jardín eran custodiadas por la distinguida guardia imperial, de porte altivo y relucientes armaduras. Los blasones esmeraldas ondeaban en los penachos mecidos por la leve brisa del suroeste. Héroes sirviendo en el silencio anónimo de una gloria eclipsada por el honor de servir a Tenno. Sólo los oficiales cultivaban una educación atenta y siempre cuidada. Y ello, no se debía a una manifestación fatua de la persona o relegación de las virtudes, sino más bien, como prueba ante cualquiera, de una preparación exigente consigo misma. Incluso era un aviso al imprudente menosprecio del enemigo escondido.

La característica principal de la residencia oficial del Emperador es y sigue siendo la perfecta sincronía entre los estilos más tradicionales tomados por los Hantei y las mejores técnicas de ingeniería aportadas por los siempre leales Kitsu del León. El castillo, de siete pisos, estaba situado en la cima del otero sagrado. Esto ofrece una mayor posición defensiva a la hora de combatir a un más que improbable atacante. La madera, se renueva cada cierto tiempo. Eran los heinin del protegido Clan de la Tortuga, quienes importaban las mejores piezas para tal efecto desde todos los rincones del imperio. La imagen esbelta del contorno del castillo sigue produciendo para el peregrino, cierto pavor ante tanta majestuosidad.

Un aire dulzón acompañaba las estancias y pasillos de la más sublime de las construcciones. Los suelos están cubiertos por tatamis fabricados artesanalmente mediante el planchado de paja de arroz trenzada. Innumerables cerámicas decoraban cada rincón del palacio y uno se convence viéndolas, tal es la calidad de las mismas, que la tierra cobra vida a manos del artesano, llevando la esencia de su dominio hasta un estado casi místico.

Un gigantesco bloque de piedra tallada en forma de Shinsei daba la bienvenida a todos los invitados. Los sirvientes iban y venían cumpliendo sus quehaceres para agradar más allá de lo posible a Su Divina Majestad, pues cualquier muestra o detalle incómodo, solía ser una sentencia segura de muerte. Olor a incienso y otras plantas aromáticas traídas de las lejanas islas de la Mantis ambientaban las estancias. Y en los patios adyacentes, la conversación, la docencia y la interpretación musical daban cabida a un sinfín de entretenimientos en una construcción rebosante de actividad.

Tamako se ofreció acompañar al Magistrado hasta la puerta del shoji. Dos criados esperaban por si deseaba cambiar de vestuario con algo más cómodo y ligero. Tras mojar las manos en un plato de fina porcelana, ambos se marcharon a un leve gesto suyo. Mientras la puerta se cerraba, Takayoshi ocupó su lugar subiendo a un pequeño estrado, lo suficientemente visible como para dar por entendido al interlocutor quien ocupaba un puesto de privilegio de acuerdo con las normas de etiqueta. Ajustando bien su kamishimo, observó el mon por si hubiese algún descosido. Se arrodilló y echó un último vistazo al refectorio. Quedó satisfecho. Su máxima, ante este tipo de situaciones, era la elegancia de la sencillez. Delante suyo, una pequeña mesa de madera lacada representaba a Hantei, ordenando a sus hermanos la construcción del imperio, de tal manera que si en un momento de distracción, alguien posaba la vista sobre la mesa, daba la impresión que éste le observaba atentamente. Detrás, los “han” con el mon imperial y los de su familia, concluían por así decir, el protocolo que en todo momento debe seguir, un digno mandatario de la más alta aristocracia kuge.

Las puertas del shoji se abrieron. La presencia de un hombre ataviado con un kimono raso carmesí apareció en el umbral, inclinado en una solemne reverencia perfectamente estudiada. Al cabo, sin ofrecer la espalda en ningún momento, se colocó justo en la posición indicada, frente al Magistrado y sin levantar la mirada aguardó las primeras palabras del funcionario imperial. Takayoshi aprovechó la intensidad del instante y prolongó un poco más el silencio, fijando su atención en la máscara de su invitado, la cual, ofrecía en nácar, un semblante serio y preocupado, dejando a la vista, aparte de los ojos, las comisuras de sus labios.

_”He leído la correspondencia del señor Yoshikawa, -antes de continuar observó cual era el efecto que producían sus palabras-, y doy gracias a los kamis, que no han sido otros ojos, sino los míos, quienes pusieron su vista en la gracilidad de tal contenido. No obstante, resulta de un atrevimiento inesperado”.

_”Dada la urgencia, mi señor, -una voz ronca y grave denotaba la madurez de un hombre a quien ya pesaban los años, sin embargo, daba muestras de poseer una autoridad indiscutible-, preferí acudir a vos. Es un asunto espinoso”.

_”No os preguntaré el método por el cual conseguisteis haceros con esta carta, -dijo el magistrado apartando la mirada unos instantes-, pero decidme, ¿quién es aquel que ha remitido esta misiva a la capital imperial?”.

-“Se trata de Eiji Yoshikawa, consejero del ilustre Damyio Noroda Akira sama. Actualmente, un firme candidato al sengogunato de la región grulla que se extiende al este del río Toroga”.

Takayoshi se percató rápidamente de la poca convicción con la que el guerrero decía asegurar aquello. Era bien sabido que en cuestiones políticas, mejor era no saber nada o mantenerlo bajo llave.

“Un enemigo común puede crear un estado común”-pensó el magistrado-.

-“Fue Yoshikawa, -continuó-, quien en compañía de un hatamoto de su confianza apodado el “Halcón del Toroga”, aseguró el territorio llamado Ojo de Amaterasu, utilizando exclusivamente el don de sus argumentos”.

El magistrado imperial se inclinó hacia atrás dejando escapar de sus facciones el contorno de una sonrisa.

-”Es una plática muy usada por su clan, ¿os sorprendéis? -apuntó-.

-”Desplazó sin dificultad alguna a Mirumoto Matsuo, uno de mis alumnos más aventajados, -ambas miradas se encontraron-. A petición del señor Togashi Harada, Sengôku de la región en aquel momento, se hizo cargo de la situación”.

-“Modérese...-dejó caer Takayoshi, quien no toleraba situaciones indecorosas-. ¿Cómo decís que se trata de vuestro alumno más aventajado cuando sucumbió ante la tentación de un cargo político? ¿En tan poca estima y vacuidad tiene ese dragón la más notable de las profesiones? Su tessen señalaba directamente al escorpión.

El silencio se hizo por completo. Sin querer, Miya Takayoshi había obtenido la respuesta a sus preguntas. Recordó las palabras de Yoshikawa inculpando a Harada sama de su posible implicación en el Kolat. Se basaba en los testimonios que en el juicio del falso consejero Jubei Ishimonji, delataron su poco tacto ante un delito de increíble magnitud. Su talante negligente había permitido salvaguardar de manera impune la persona de Masamune Togashi, Damyo entonces de la parte más fértil del valle, cuando éste le recriminó de comparar a Tenno Sama con un vulgar hombre. Parece ser que nadie había reparado en ello, salvo éste grulla, que incluso había anotado los volúmenes donde el litigio fue registrado oficialmente.

_”Mi señor, -balbuceó el invitado- Mirumoto Matsuo se le conoce en buena parte del imperio por haber derrotado al Kolat en todo el distrito regional del Ojo de Amaterasu. Sufrió dos atentados a causa de esto, en la capital de Harada, cuando se procesaba a Masamune por su supuesta vinculación en la secta prohibida y un tercero a manos de un samurai dragón, caído en desgracia, quien misteriosamente, había dado su alma a Aquel-Que-No-Puede-Ser-Nombrado”.

_”Oh”, -exclamó Miya, sin poder contener su impresión por tales palabras. También el magistrado escorpión tenía sus propios recursos, quien había cerrado su puño derecho. Había conseguido su propósito, y ahora pensaba, era él quien manejaba la situación-.

_”No entiendo por qué Mirumoto Matsuo aceptó el cargo de Shugo de las manos de Harada, mi señor”.

"Viejo zorro –pensó el magistrado. Dos intentos de asesinato en su capital y un nombramiento político. Excelente teatro para legitimar un territorio".

_”Señoría, -dijo gravemente-, vos sabéis al igual que yo, las posibilidades de un hombre con reputación. Una excusa a tiempo puede salvar el honor ante cualquier sospecha, sacrificando incluso peones propios si los acontecimientos son adversos. Si la situación es complicada, con ello se exculpa”.

_”¿Qué, qué queréis decir? –Takayoshi no daba crédito a lo que sus oídos escuchaban-, ¿quién asumió la culpa?”.

_”El senescal -el cargo fue pronunciado de forma desbocada, como cuando no puede ser contenido un torrente-, tras el segundo atentado, cometió seppuku”.

_”Decidme, -entornó los ojos de nuevo, volviendo a posarse en la carta de Yoshikawa-, ¿es cierto lo que se dice aquí sobre un Damyio bajo su cargo, con vínculos directos con El Oscuro?”.

_”Hai -sentenció- su nombre es Hemkoyo”.

Henkoyo, pronunciaba su mente. Un nombre muy extraño, ni siquiera le parecía gaijin. Entre los shugenjas existen mantras prohibidos cuando recitan sus invocaciones. Algunos iban incluidos en sus pergaminos. Otros, podían ser escuchados por el resto de los mortales, como regurgitados de manera ininteligible, aunque solo ellos saben el sentido y la función de unas palabras cuya procedencia es desconocida.

En el extinto Clan de la Serpiente, -recordó, los maestros de la magia se consagraron en una búsqueda sometida a la fuerza de voluntad y al espíritu de cada uno de sus miembros, pues la fuente de su conocimiento no fue otro sino el mal. El estudio del “maho tsukai”, condujo a utilizar técnicas prohibidas para combatir la oscuridad que en un principio nos doblegaba. El fin justifica los medios, dijeron algunos, pero ese acto de traición no quedó inadvertido, más aún cuando el ansia comienza a devorar nuestro ser, fragmentando el alma y recreándose en la corrupción más miserable.

Y ahora, una firme convicción iba fraguando el corazón de aquellos dos hombres. En las remotas tierras del Cangrejo, donde la milenaria Muralla se levanta con los débiles rayos de nuestra Madre como un signo de esperanza para los hijos de Hida, un demonio halló un hueco entre sus grietas.

El escorpión permanecía incólume, su rostro acerado miraba la mesa, mientras esperaba las instrucciones del representante imperial. Si había llegado hasta aquí, se decía, era porque la situación sobrepasaba unos límites cuyas consecuencias eran difíciles de predecir.

_ “Nakamura, -terció el magistrado solemne-, presentaos a vuestros superiores. Consultad las profecías con los más sabios de vuestra orden. Necesito saber cuán lejos ha llegado todo esto.

_”Así se hará sama –dijo realizando una pausada reverencia-”

“Por mi parte enviaré a mi discípulo, -le daré esa oportunidad que tanto andaba buscando, estuvo a punto de decir, mas no quería delatar por asomo inexperiencia en su asistente y menos delante de un escorpión-.

-“Veremos cómo es respetada la familia imperial en aquellos territorios. Si es cierto lo que dices, pronto la barbarie abrazará de nuevo la anarquía y seré yo mismo quien hable al mismísimo Tenno Sama. Puedes retirarte”.

Una muestra de satisfacción marchó con aquel magistrado, dejando al notable sumido en sus propios pensamientos.

“Ese Ojo de Amaterasu debía contener algo más Los hombres no se arrojan a pozos sin fondo por nada. Sí, es cierto, estaban los intereses políticos, la reputación de un clan o el simple mantenimiento de los territorios. Pero después de haber oído aquello, no le cabía duda al respecto. Eran varios los contendientes. Miró la mesa de Hantei y se preguntó hasta qué punto debía involucrarse en un asunto tan directo fuera de palacio. La magistratura imperial demostraba ser ineficaz para atajar de raíz un óbice cuya magnitud, durante generaciones, había permanecido perenne en la corte. Cada vez que era extirpado, una nueva infección nacía en otro sitio y se extendía, hasta que resultaba demasiado evidente.

Así son los tentáculos de Fu-Leng, -se dijo-, Cerró los párpados y adoptó una pose de meditación.

Esa noche, el señor Takayoshi concluyó sus reflexiones. En su mente rondaba la idea de hacerla llegar a su destinatario. Demasiado fácil, concluyó, si esta carta había llegado hasta aquí, debía asegurarse que no era otro sino las Fortunas, las más interesadas en entregarla. Una ligera sospecha, un indicio o presentimiento, le decía que volvería. Si era cierto su contenido, al igual que un don depositado como una gracia en alguien elegido, el regalo volvería al dueño con la misma presteza por la que fue entregado. Así pues, decidió elegir un emisario y devolverla tan pronto como fuera posible. En cuanto a su discípulo, partiría inmediatamente hacia el Ojo de Amaterasu, con la misión de recopilar toda la información disponible. Lo que se estaba fraguando en aquel hervidero alejado de la diestra imperial superaba con creces otros asuntos a su entender menos productivos. Quizás ahora, la familia de los Miya volvería tener una posición preeminente en las futuras decisiones que dictase Su Majestad Hantei.

Con la fuerte luz del ocaso, un jinete cabalgaba raudo hacia el este, mientras su mirada inexpresiva exploraba los límites del horizonte.


Interludio


"Tras los funestos acontecimientos ocurridos en el puerto de Sakai, Suzume Akemi permaneció en el castillo a petición del señor Kotego. Poco a poco los vínculos entre ella y el clan Grulla iban creciendo. El grato recuerdo por la familia dio paso a un lazo afectivo cada vez mayor y entre tanto, siguió con los estudios acerca de la dinastía imperial".

"Ya no sentía vergüenza ni se acongojaba. Cultivó las artes en compañía de mi amigo Hoshi-sama, cuyo espíritu amable fue tocado por la bondad de los kamis. Y Sayoko, la elegante dama de compañía, añadió a su talento nuevos conocimientos enfocados a la corte y al entretenimiento, con un toque encantadoramente femenino. Una posesión innata en Akemi y que Vuestra Excelencia supo ver a tiempo. Podría decir Mi Señor, que supísteis mostrarle el camino".

"Sin embargo, con la venia, antes de continuar con el triste devenir de mi amado imperio, debo hablaros de aquellos cuyos antepasados construyeron con la férrea y dura piedra, las fronteras del orden celestial. De cómo el Oscuro atacó sus cimientos y cual fue el principio del fin".

martes 22 de julio de 2008

Capítulo 11ª.- El Sabor de la Sangre


Galopaba con la bilis del fracaso en la boca, una sensación poco frecuente en él y sin embargo, le hacía fustigar al caballo con el ímpetu de un poseso, luchando por mantener a salvo lo único que permanecía indemne hasta ahora, su vida. El aire silbaba por el norte en los agrestes páramos del Ojo de Amaterasu, cuyo fértil valle, convertido ahora en una enorme fosa, clamaba por el alma del falso Seiwa. Pero no iba mal encaminado. Los territorios al sur de la isla estaban ocupados por el Cangrejo, o lo que quedaba de él tras abandonar la Muralla en el confín del mundo.

Al sur de la isla, donde los leales al clan habían impuesto cierto orden, todavía merodeaba toda clase de ralea. No existían diferencias entre un bandido o un ronin, y las familias después de cuatrocientos años de permanencia, aún no habían conseguido el favor imperial, la única dispensa que otorgaría a la ínsula, una paz demorada en el tiempo por una guerra interminable y sin tregua.

Con esa joven gorrión las fortunas habían jugado en su contra. Volvió a sentir aquella mirada cómplice antes de perder la conciencia. Debía haber muerto allí, ahogada, quemada como ese vejestorio de Tageru. Maldecía a la suerte, intentando comprender qué le retuvo allí a comprobar el trabajo para el que fue encomendado. El Escorpión premiaba correctamente a los que cumplían pero podía llegar a sentir auténticas nauseas en quienes de manera estúpida estampaban la huella de la autoría. Sabía cual era el terrible precio del error y por eso galopaba.

La mies aún sin recoger se mecía al viento cuando una bandada de pájaros surgió en el espesor del sembrado. En ese instante, sintió la aguda punzada de una flecha al atravesar la coraza y como alguien surgía al igual que un fantasma entre la espesura de las espigas. Desenfundó la espada mientras otra flecha impactaba en el brazo del arma. La fría parsimonia con la que aquel hombre recargaba el arco y lo tensaba, le hizo comprender que las puertas del jigoku se abrían para él.

Otro dardo dio en el blanco, el caballo emitió un relincho agónico y su cuerpo fue lanzado hacia delante rodando por el camino húmedo y embarrado. Agarró el arma jadeando, un nuevo silbido y otro impacto, esta vez en el muslo le hicieron gemir de dolor y de rabia. Cojeó hacia el metódico enemigo, la katana temblaba por el peso pero mantuvo la guardia con cierta decencia. A pocos metros, la negra y ya canosa melena de un hombre maduro le miraba sin emoción alguna. “Al menos, eligieron a un veterano para darme caza”, pensó.

-No Ninube-san, no fue así como te enseñé a hacer las cosas.

Los ojos del falso Seiwa se inundaron de pavor cuando reconoció al asesino. Poco a poco se estremeció al caer en la cuenta de que no era otro sino aquel a quien llamaban “La Red” el que iba a asestarle el golpe de gracia. Un cruel y despiadado verdugo cuya leyenda viva había trascendido el seno del clan.

-¿Tantas molestias por mí? –musitó dando un paso hacia atrás-.

-A estas alturas…-el sable describió un certero nui-tsuke
[1] cortando los tendones del brazo y situándose detrás con un paso largo y flexible-, deberías saber que para nosotros el precio del fracaso es el mismo que el de la traición.

-Acabarás igual que yo algún día, maldito y olvidado incluso por los tuyos –dijo esputando restos de sangre por la boca, una neblina le anunciaba ya el eterno descanso-.

-¿No lo entiendes verdad?, –dijo chasqueando la lengua y con otro golpe como quien siega la cosecha postró de rodillas al impostor-, incluso en el fracaso servimos a un propósito, ¿sigues sin entenderlo?

-¡Acaba de una vez!, -respondió exhausto temblando por el dolor y la pérdida de sangre, aunque pudo percatarse que el perverso sicario sonreía al sacar un tanto
[2]-, ¡qué pretendes, mátame!

-Corregir tu error –soltó una carcajada al ver el terror en los ojos de Ninube-, medita en el otro mundo qué hiciste mal estúpido.

Y lejos de darle una muerte honrosa, “La Red” se cebó en la desgracia del asesino de Tageru. Lo último que pudo discernir antes de que su existencia se perdiera para siempre, fue la certeza de que en su crueldad amaba lo que hacía, porque aquellos ojos no eran los ojos de un hombre sino los de un demonio. Nadie sabía, excepto un magistrado en la lejana Otosan Uchi, de lo que era capaz Shosuro Nakamura.

[1] Nui-tsuke, golpe de iaijutsu dirigido al antebrazo cuya finalidad era desarmar al oponente.
[2] Tanto, puñal enfundado en una sola pieza que asistía al samurai en el ritual de harakiri.

Capítulo 10º.- Traición


-¿Os encontráis bien? –un atractivo joven la observaba con una mueca de sorna en los labios- Habéis perdido bastante sangre pero la herida no es profunda.

-¿Dónde estoy? –Akemi intentó incorporarse, pero el médico la obligó a reclinarse hacia el lado donde no había vendaje- ¿Quién eres?

-Me envía Su Excelencia para atenderos. El magistrado Noriaki dio cuenta de lo sucedido anoche. Aún seguís en Sakai. Mi nombre es Tsume Noru y pertenezco al séquito personal del señor Kotego.

-Intenté por todos los medios salvar a Tageru-sama. El maestro…

-Descansad ahora –dijo interrumpiéndola-, nadie os desea mal alguno, al contrario. Esta tarde os reuniréis con monseñor en el castillo de Huri. Iréis escoltada por el magistrado.

-¿Cómo se encuentra el muchacho?, –hundió el rostro en las mantas- Saburo.

-Una de las criadas pudo salvarle la vida pero las quemaduras son graves.

Noru permaneció un tiempo con ella, el sol brillaba fuera. En Sakai todo eran especulaciones acerca de lo ocurrido en la villa del señor Tageru. Se había decretado luto oficial y las actividades iban a cesar durante al menos cinco días. Aún olía el humo en su piel y restos de hollín impregnaban las sábanas. Sintió tristeza por el chico, no merecía aquello.

A mediodía, un par de samuráis con armadura ligera hicieron acto de presencia en la sede de la magistratura. Akemi salió afuera junto a Noru. Un palanquín aguardaba en la calle con las persianas levantadas. En el interior, el magistrado Noriaki esperaba impoluto. El tocado samurai y el birrete de funcionario le daban un aspecto insigne. Mantenía la mirada al frente imperturbable.

-Os doy las gracias por vuestros cuidados Noru-sama –dijo haciendo una profunda reverencia.

-Sólo he cumplido con mí deber joven gorrión, -respondió agradecido-, cuidad ese corte.

Noriaki frunció el ceño, un leve movimiento del cuello fue el único gesto cortés que obtuvo al entrar. Cerró el abanico y los porteadores empezaron a hacer el trabajo a buen ritmo. Las ranuras actuaban como filtro haciendo el semblante del magistrado más enigmático. El silencio se hacía insoportable a medida que abandonaban la ciudad y los arrozales acaparaban el paisaje.

-Tenéis suerte de contar con amigos tan especiales querida –dijo plegando interesado una pequeña arruga del hakama-.

-Yo…

-Porque os hubiera ejecutado hoy mismo de no ser por las molestias que tomé en comprobar vuestras credenciales.

Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. El miedo alertó de nuevo sus sentidos, sin poder disimular asombro ante las palabras de aquel hombre. Al girarse, reparó en la terrible cicatriz del rostro y la falta de dos falanges en la mano izquierda. Los nervios la estaban delatando y ahora sentía una extraña quemazón en la herida.

-Tenemos algunas horas de viaje por delante –continuó en el mismo tono- y necesito que lo hagáis ameno. Vais a contarme vuestra versión de los hechos y espero que ése, como decirlo, percance no os haga olvidar nada. Ah, por cierto, las mentiras me producen dolor de cabeza.

-Señor, ¿cómo podéis pensar algo así? –respondió atónita.

-Eso mismo escucho todos los días –sonrió cínico-, pero es habitual. Comenzad.

Narró lo sucedido, desde el encuentro con el tesorero Seiwa hasta la entrevista que mantuvo con el señor Tageru, el tío abuelo del Damyo y administrador del señorío de Sakai. Habló incluso del tiempo que había permanecido como invitada en el castillo de Yatsuhakamura, de la misión que desempeñaba a requerimiento de Kotego. Al tocar la herida recordó a los asaltantes y describió el combate así como el estado en el que encontró el cadáver y el extraño pergamino que rescató del incendio. Habló como si un amante sospechara de infidelidad, deseando que el magistrado creyera las palabras pero sin perder su honor en el intento. Por encima de todo, no quería que esto último se pusiera en duda. Al final el magistrado asintió. Seguía admirando el paisaje.

-¿Habéis visto un manuscrito así alguna vez? –dijo suspirando-.

-No señor magistrado –respondió franca Akemi-. Jamás he visto nada igual.

-Maho-Tsukai[1]. ¿Has escuchado esa palabra?.

-Sí, recuerdo que mis padres al contar historias sobre la Muralla y el Cangrejo... creo haberles escuchado mencionar esa palabra.

-Decidme, y quiero que recordéis bien –le dijo de pronto cambiando la gravedad del tono en su voz-, ¿notasteis algún comportamiento extraño en el maestro Asahina Tageru?

-No, al contrario –replicó Akemi-, compartí con él una agradable velada. Conversamos acerca de esos informes atrasados y en todo momento el trato fue excelente.

-Entiendo –concluyó Noriaki-. ¿y decís que el embozado no llevaba ningún mon?

-El humo comenzó a rodear el jardín, aparte de la oscuridad no puedo deciros con certeza si lo llevaba o no. Pero era hábil, nunca vi un estilo de lucha igual.

Noriaki volvió a callar el resto del trayecto. Tampoco en las paradas de posta donde los porteadores se turnaban, quiso hacer un descanso para estirar las piernas, aunque ella fue invitada a salir unos momentos. Al anochecer, las puertas del castillo de Huri se abrieron para recibir a la emisaria del señor Kotego y al magistrado. En el patio de armas, la figura silente del senescal Ryuso bajo la luna, permanecía erguida junto a dos samurai. Detuvieron el palanquín y uno de los heimin izó la cortina. Noriaki ayudó a Akemi y ambos encaminaron los pasos hacía el funcionario.

-Ryuso-sama, os traigo a la protegida del señor Kotego –dijo Noriaki sin alzar la cabeza- y ruego ser escuchado cuanto antes por vos.

El maestro de ceremonias observó a la joven gorrión algo molesto y contrariado, golpeando levemente el tessen en la palma de su mano. La larga melena le caía suelta en los hombros agitada por la fresca brisa que anunciaba ya las primeras lluvias de otoño. Un farolillo onduló con pasos cortos. El inconfundible sonido del frufrú al caminar, llegaba apresurado junto a la dulce fragancia de un perfume, interrumpiendo unos instantes la charla. Sayoko hizo una reverencia y Ryuso asintió, llevando del brazo a Akemi.

-Entremos señor Noriaki, no hay noche larga después de una taza de té.

Y en esa intimidad fue como Noriaki Hichida, magistrado de la provincia de Sakai, volvió a narrar lo acontecido en una tertulia pesarosa pero disciplinada. No ahorró en detalles, haciendo gala de una parca objetividad repleta de detalles escabrosos aunque dejó claro que Akemi, la protegida y enviada del señor Kotego, poco pudo hacer ante lo que consideraba un plan urdido y premeditado.

A la mañana siguiente, el jefe de la casa fue informado fielmente del suceso durante una sesión de Kyujutsu[2] a la que Akemi fue invitada, pero sólo el honorable Kotego comprendió que la ficha de un tablero de go había amenazado su posición y ahora le tocaba mover a él. “Ojalá estuvieras vivo padre, –sonrió- mas tu espíritu contemplará mi jugada”.

Una única pregunta fue formulada por el Damyo, no acerca de los hechos, sino de la posible causa que originó aquello. Deseaba una opinión personal al respecto, así fue como lo entendió. Y la respuesta de ella, tras meditarla unos instantes se resumió en una sola palabra.

Conspiración.

-Sea –dijo sin trastocar la serenidad de su semblante-.

-Sea –respondió Ryuso apretando los labios-.

[1] Maho-Tsukai, magia de la sangre, magia negra. El extinto clan de la Serpiente se valió de ella para arremeter contra el Oscuro quinientos años después del primer Hantei. Bajo el lema “el fin justifica los medios” acabaron corrompidos por el poder incontrolable que otorgaba su manejo. Como resultado se decretó la extinción del clan y la prohibición en todo el imperio de practicarla.
[2] Kyujutsu, tiro con arco.